ABRAHAM ROQUEÑI CAMPEÓN DEL MUNDO DE FULL CONTACT (2007)

 

La consecución del título (W.F.C.A.) tuvo lugar en San Quintín (Francia) el pasado día 7 de diciembre teniendo como oponente al francés Franck Pétin. Éste es el sexto cetro mundial conseguido por el cántabro ostentándolos en tres disciplinas diferentes: kick boxing, thai boxing y full contact, acercándose así a los siete entorchados conseguidos por el mítico luchador holandés Ramon Dekkers.

 

En 1557 se celebró en San Quintín, ciudad francesa muy cercana a la frontera con Bélgica, una batalla trascendental en la historia de Francia. Las tropas de Enrique II y las mesnadas españolas comandadas por Filiberto Manuel de Saboya midieron sus fuerzas cerca de la ribera del río Somme. La derrota francesa fue total. Justo 450 años después y en la misma ciudad, pero en batalla singular, un español, Abraham “el Demonio” Roqueñi, se ha alzado con un triunfo que quizá no pase a la Historia, pero que puede servir para abrir los ojos de una vez por todas a quienes parecen tenerlos cubiertos por el velo del egocentrismo. Que lo de pasarse la vida mirándose el ombligo no es exclusivo de España. ¿A qué esperan esos grandes promotores internacionales para incluir en sus mediáticas veladas a un cántabro llamado Abraham Roqueñi indocto a llevar el yugo de la indiferencia ajena? ¿No se dan cuenta que sus espectáculos subirían muchos enteros cuando el “Demonio”, un auténtico filón, salga de “su” infierno para demostrarles que en España existe algo más que el vino, el jabugo, los pelotazos urbanísticos, el fútbol o los toros? Tanta apatía duele, puesto que el látigo de la indolencia no se hizo para Abraham Roqueñi. Pero regresemos a San Quintín, que lo que habla por sí solo huelga recordarlo.

            El 7 de diciembre de 2007 estaba programada una velada de boxeo a celebrarse en el Palacio de los Deportes de la ciudad del departamento de L´Aisne, en la región francesa de Picardía. Como colofón de la misma se disputaría el campeonato del mundo de full contact de la W.F.C.A., peso superwelter (-70 kilogramos). Dos guerreros se lo iban a disputar, ambos aspirantes al estar vacante el título: el francés Franck Pétin, ídolo local que con 21 añitos ya se había proclamado tres veces campeón de Francia de full contact y campeón de Europa de la especialidad. Enfrente tendría a Abraham Roqueñi Iglesias, cuyo primer apellido evoca lejanas reminiscencias belgas pero muy cercanas de donde se iba a celebrar el combate, pues en el siglo XVII muchos belgas de la zona de Lieja se instalaron como especialistas en las Reales Fábricas de Cañones de Liérganes y La Cavada (Cantabria), cuyos excelentes artilugios de fuego defendieron durante dos siglos el Imperio colonial español. En su palmarés nada menos que cuatro campeonatos del mundo de kick boxing (W.A.K.O.), y otro de thai boxing (W.F.C.A.), aparte del resto de logros conseguidos y que por sí mismos están al alcance de muy pocos. No es de extrañar por tanto que el muy bien informado diario francés Le Courrierd Pícard dijera que “L´espagnol Abraham Roqueni est un dieu vivant de la discipline” (El español Abraham Roqueñi es un dios viviente de la disciplina). O que L´Aisne Nouvelle, en clara referencia a las dificultades que iba a encontrar el púgil local para alzarse con el triunfo, titulara a toda página “Franck Pétin s´attaque à l´Everest”. Es decir, Pétin iba a atacar la conquista del Everest, el más grande de los colosos de la Naturaleza. Así que ante tales epítetos la afición local estaba expectante e impaciente. No era para menos. Mientras, ante la inminencia de la hora crítica, Roqueñi y Pétin velaban armas.

Sin duda era el plato fuerte de la velada. Estuvo precedido por la disputa del título intercontinental de boxeo, peso pluma, por el que pugnaron el local Cyril Thomas y el colombiano Hevinson Herrera, con victoria final del primero, lo que hizo ascender la temperatura ambiental que contrastaba con la tormenta exterior que arreciaba cada vez más en aquella zona de la Francia norteña. En la esquina roja, Roqueñi con pantalón rojo, en el que se simulaban unas llamaradas infernales, y un demonio tatuado encima de la tetilla derecha. En la esquina azul, Pétin con pantalón blanquinegro, calavera dolicocéfala medio huérfana de cabello y piel exenta de cualquier tinte alegórico. Los más cercanos a las dieciséis cuerdas podían olisquear el salino sudor frío de los púgiles y sentir el eco de los bombeos de dos corazones desbocados por la tensión y la incertidumbre previas al inicio de toda batalla. Tras escuchar los himnos nacionales español y francés dio comienzo la contienda. Por delante doce asaltos de dos minutos cada uno. Toda una eternidad. Como moderador, el árbitro F. Lacourt. El público, paisanos de Chauvin y que en número de 5000 abarrotaba el coliseo de una ciudad donde el boxeo y resto de deportes de contacto es lo que el Curro Romero de sus buenos tiempos para Sevilla, consciente del poderío de Roqueñi no cejaba de animar al púgil local, quien pronto volvió a la realidad al darse cuenta que enfrente tenía un frontón.

Todo lo que  Pétin enviaba le era devuelto multiplicado por cuatro. Ya en la historia de España existe otro guerrero que vivió en el siglo XI, llamado Gonzalo Salvadórez, al que sus coetáneos apodaron “Cuatromanos” por su habilidad con la espada. Roqueñí va libre de hierros, pero posee tres armas que sabe conjugar y combinar como pocos: los puños, las piernas y la inteligencia. La estrategia de Roqueñi, preparada al alimón con su entrenador y cuñado Pedro “Bushido” Rodríguez, forjador de campeones, era precisa y a la vez sencilla. Atacar y atacar. No se puede vivir de los títulos y tampoco se puede ganar por el simple hecho de tenerlos. Cada combate es una historia diferente y la humildad es fundamental para no ser sorprendido, y de dicha virtud andan sobrados Abraham y Pedro, como han demostrado sobradamente.

El cántabro cortaba las salidas de Pétin, que era casi diez centímetros más alto, y nunca le perdió la cara llevando siempre la iniciativa y haciéndose amo del centro del ring. Con su temporal e inusual guardia de izquierda Roqueñi trataba de sorprender a su rival, y vaya si lo consiguió. Acorralado, y con la manada de golpes que le estaban cayendo encima, algunos de los cuales, en el hígado, le obligaron a bajar la guardia, el francés cayó a la lona en el segundo asalto. El castigo al que estaba siendo sometido Pétin era demoledor. Y el ritmo que se impuso Roqueñi aumentó en el tercer asalto, en el que el francés dobló la rodilla otras dos veces. Sólo los ánimos de sus paisanos fue lo que le incitó a seguir en el ring. Sumémosle a ello unas cuentas de protección sospechosamente largas.

Los tres asaltos siguientes fueron un regalo para los ojos, pues el francés, muy técnico, harto valiente, parecía haberse recuperado y hasta consiguió conectar varios buenos golpes en el cántabro, que no se iba a ir de rositas. Éste respondió con dos crochét y una patada circular de revés que pasó de refilón por la barbilla cortada a hacha de Pétin y que provocó en el respetable un ¡Oh! prolongado. Consciente que para ganar fuera de casa hay que hacerlo claramente en el supuesto de que el resultado final se dilucide a los puntos, Pedro “Bushido” ordenó a su pupilo que no bajara el ritmo y que sacase la artillería pesada.

Dicho y hecho. El séptimo asalto fue el definitivo. El francés, crecido y espoleado por su público, salió dispuesto a equilibrar la balanza. Roqueñi le recibió sin perderle la cara y en un visto y no visto endosó un poderoso crochét en el mentón de Pétin que le apagó la luz del cerebro. K. O. inapelable. Roqueñi dio toda una lección boxística que fue premiada por el entendido público con una cerrada ovación cuando le fue impuesto el cinturón que le acreditaba como campeón del mundo. Fenómeno es un término que se emplea frecuentemente sin ton ni son. Roqueñi es, sin ningún género de duda, un auténtico fenómeno.

Abraham campeón del Mundo por 6º vez

Y si al día siguiente de la batalla de San Quintín Felipe II se presentó en el frente para felicitar a las tropas por su victoria prometiendo a San Lorenzo, santo de aquel día, la construcción de un monasterio (fruto de aquella promesa es el Monasterio de El Escorial), a Roqueñi no se le ha ofrecido ninguna recepción real por la consecución de su sexto título mundial. Pero igualmente se merece un monumento, y quien sabe si con el tiempo su Torrelavega natal se sentirá obligada a tributarle un merecido homenaje.

Abraham y Pedro

Articulo de: Ángel Neila Majada

Miembro de la Sociedad Cántabra de Escritores
www.escritorescantabros.com

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